GONZALO “EL TECE”, LA FIESTA DE SAN ANTÓN, Y MI PADRE.

GONZALO “EL TECE”, LA FIESTA DE SAN ANTÓN, Y MI PADRE

Gonzalo “el Tece”, era una excelente persona. Era muy amigo de mi padre, por razones profesionales y afectivas.
Era un hombre “positivo“, como dicen ahora. Siempre veía el lado bueno de las cosas: “Si así viene, así conviene”, sentenciaba a menudo.

Al ver una fotografía antigua; donde se ve el alpargate gigante que servía de reclamo de su establecimiento, sito en la fachada del mismo y sobre la puerta de acceso; me han venido multitud de recuerdos de un tiempo en que los muchachos de entonces, empezábamos a asomarnos a la vida esperando que fuera amable y hermosa. Pasado el tiempo, no lo ha sido tanto. Pero nadie tiene la culpa. Y como decía Chéjov, la felicidad no existe, pero sí el deseo de ser feliz. No es poco.En fin, que viendo la foto del alpargate mentado, me ha venido al recuerdo una anécdota que contaba mi padre en la que estaba implicado Gonzalo “El Tece”:

Para San Antón, todos los años los alpargateros organizaban la fiesta del Santo. La noche de vísperas se encendían “castillos” (hogueras) en muchos sitios del pueblo y se reunían los vecinos en torno a ellos a pasar la trasnochada fría de un enero serrano en Caravaca. Antes de eso, por la tarde, los mas ruidosos habían estado tirando carretillas a mansalva. “Cosa de cafres”, decía mi padre, al que aquello le parecía cosa de personas poco civilizadas. No le gustaba en absoluto. Eso lo he heredado yo también.El día de San Anton, tenia lugar la fiesta que, como dije, la organizaban los alpargateros (mi padre y Gonzalo eran del gremio).
Por la mañana tenia lugar la función religiosa en los frailes carmelitas, y se repartían entre la concurrencia las tortas de san Antón (pan ácido sin creciente), bendecidas.

Luego tenía lugar, en la Corredera la bendición de los animales. Aun no elevados, como ahora, al desmesurado tratamiento, ni a la dignidad de “persona”. Eran simplemente animales.
Mientras eso sucedia, en otro lugar de la Corredera, se había colocado un palo enjabonado para la cucaña y entre los árboles se habían tendido alambres para colgar la piñata La piñata eran ollas de barro que contenían en su interior cada una una cosa: hollín, harina, agua o dinero. A la gente que quería participar se le tapaban los ojos con un pañuelo y se les entregaba un garrote monumental, se les daban varias vueltas para desorientarlos y una vez hecho, se liaban a dar garrorazos al aire con la esperanza de atizarle a la olla que contenía el dinero y romperla para llevárselo. Las más de las veces quebraban las ollas que contenían el hollín, la harina, o el agua y se ponían perdidos…

En fin, resulta que un año el presidente de la Comisión de fiestas de San Antón fue Gonzalo “El Tece” y mi padre el secretario.
Hay que decir, porque muchos no lo sabrán, que Gonzalo tenía un problema de visión y solo veía por las colas de los ojos. Conviene aclararlo para entender la anécdota.

Como iba diciendo, mi padre y Gonzalo, iban dándose una vuelta por la fiesta, para ver como transcurría. Al pasar junto a la piñata, Gonzalo no vio -precisamente por su problema de visión- a uno que, con los ojos vendados, iba dando garrotazos al aire buscando las ollas.
!!Y pummmmm!!!
Le arreó al “Tece” un garrotazo en la cabeza de padre y muy señor mio. Al punto que Gonzalo cayó al suelo aturdido, conmocionado del tremendo golpe inesperado.
El susto fue general…¡Tibio estacazo!!!
Pero, ensangrentado como estaba y todo, Gonzalo se levantó muy digno y dijo bien fuerte, para que lo oyera todo el mundo:
“¡¡¡NO HA PASADO NADA, TODO SEA POR SAN ANTÓN. QUE SIGA LA FIESTA!!!!”

Pero sí había pasado. ¡Menudo garrotazo le dieron al pobre!!! Lo llevaron a la Casa de Socorro y le dieron puntos y curaron la brecha.
Gonzalo se lo tomo con humor y, pasado el tiempo, se reía al recordarlo y le decía a mi padre: “Manolo, ¿qué iba a hacer?, Si encima era yo el presidente”.

Que buena persona, “el Tece”.

Hay quien sostiene la versión de que era D. Lorenzo Berbell y no El “Tece”, la víctima del soberbio garrotazo. Aún así, todo queda en familia: Don Lorenzo Berbell era primo de mi padre.

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MÉXICO: TAN CERCA Y TAN LEJOS. EL SON JAROCHO Y LOS ANIMEROS.

MÉXICO: TAN CERCA Y TAN LEJOS. EL SON JAROCHO Y LOS ANIMEROS.

¡Qué lejos y qué cerca México!. El pasado común de los pueblos hispánicos a uno y otro lado del Atlántico nos descubre aún hoy hermosas afinidades.
Se adjunta un enlace para ver un vídeo que lo evidencia.
Observar el extraordinario parecido entre esta música y las animeras de aquí o los aguilandos de Murcia o las pascuas de Almería.
https://youtu.be/f53F7XhsRKI

Observar también los instrumentos tan parecidos a los nuestros:
Guitarras de cinco órdenes (como la guitarra mayor de Caravaca), guitarras pequeñas con ocho cuerdas cuya estructura y disposición es idéntica a los guitarros del sureste español. Hay un instrumento que es como el tenor caravaqueño y otro como la guitarra de séis órdenes incluso con toda las cuerdas dobles excepto la prima que va sencilla, exactamente igual que la de los animeros de Caravaca..
¿Cómo puede existir tanto parecido entre la instrumentación del son jarocho mexicano y la de los Animeros Caravaqueños?

También la forma de tañer los instrumentos, unos rasgueados y otros punteados es la misma que utilizamos aquí.
¡Increíble!.
Una delicia

Para entender ésto nos remitimos al texto que nos incluye BELARMO, el autor de este video, en la información complementaria al mismo:
“Muchos de los rasgos fundamentales de la cultura mexicana son plenamente barrocos y se forjaron durante el siglo XVII. Esto resulta particularmente acertado en el terreno de la música: la continuidad del son en México es un vínculo que une su presente y su pasado.
Los “sones de la tierra” novohispanos, que anteceden a la diversidad del son mexicano, conservan mucho de las orquestaciones virreinales, de los giros tradicionales que hermanan (en particular, sones de Veracruz, la Huasteca y Guerrero), con las folías, jácaras, jotas y fandangos.
El Son, en sus diversas variantes regionales, constituye la parte más antigua y entrañable de la música tradicional mexicana; encontrándose ampliamente difundido en todo el territorio novohispano en el S. XVIII.

Los sones mexicanos son piezas para tocar, cantar y bailar, basadas en patrones rítmicos y armónicos recurrentes. Se tocan principalmente con instrumentos de la familia de la guitarra, y con algunos instrumentos de cuerda, tales como el arpa y el violín. La improvisación es común en todos los terrenos, tanto el instrumental, como el poético y coreográfico. Estas características definen también a los sones hispanos de la época barroca.
La guitarra es el instrumento más importante en un conjunto jarocho. Hay dos tipos de guitarras: las de rasgueado, llamadas jaranas, que vienen en varios tamaños, denominados de menor a mayor, chaquiste, mosquito, primera, segunda y tercera; y las de punteado con espiga o plectro, llamadas guitarras de son, también en distintos tamaños: mosquito, requinto, tercera y leona. Tanto la jarana como la guitarra de son derivan directamente de la guitarra barroca española.”

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SANTA LUCIA TE GUARDE LA VISTA

SANTA LUCIA TE GUARDE LA VISTA

Hace no tantos años el día de santa Lucía, el trece de diciembre,  era muy celebrado en Caravaca de la Cruz. La noche de víspera se encendían, en casi todas las  plazas y placetas del pueblo, unas hogueras en torno a las cuales se reunían los vecinos. A esas hogueras les llamábamos “castillos”.

Mediado ya diciembre se había terminado la ‘escarda‘ de las arboledas o estaba ya muy avanzada y por eso era mucha la leña fina que quedaba en las huertas. También por esas fechas se había terminado el “esperfollo” del panizo y eran muchos los vecinos que aportaban los restos combustibles a esta comunal hoguera. Los muchachos y los menos muchachos (zangalitrones o zanguangos) íbamos a esas huertas a recoger precisamente los restos de la ‘escarda‘ y la ‘arista’ del cáñamo después de que este hubiera sido agramado.  También íbamos a los barrancos a coger zarzas que ardían de miedo o al monte a recoger el ‘escándalo‘ de los pinos. Toda esa leña casi siempre la traíamos al pueblo en nuestros carros de cojinetes y pugnábamos por ver quien lo traía más colmado, sin miedo a los coches,  pues casi no había. También íbamos de casa en casa pidiendo: “una ramica pa santa Lucía”.

Todo eso, junto con algunos muebles rotos del vecindario,  servía -como dejamos dicho más atrás- para prender una gran hoguera o “Castillo” en honor a la santa patrona de la vista (Santa Lucía). Por todo el pueblo se encendían multitud de luminarias iguales, en cada plaza y en cada placeta o lugar con ciertas anchuras.

La trasnochada era larga y los vecinos compartían calor, afecto, compañía y tertulia alrededor de la misma; combatiendo -al amor de la lumbre de la hoguera- el frío propio de la estación en un pueblo del interior como Caravaca. A combatir ese frío ayudaba también algún trozo de tocino  y alguna que otra tajada o patatas que se echaban en la hoguera cuando ya se reducía a  rescoldos. Luego,  las mujeres,  sacaban a probar los primeros dulces de pascua que acababan de hacer por esas fechas.

Esa velada era una gran fiesta compartida para todos los vecinos que la celebraban con enorme regocijo. Mi abuela recitaba siempre aquello de “Diciembre: El  ocho la  concepción, el trece santa Lucia y el  veinticuatro en la noche parió la virgen maría”

Al día siguiente, el día 13 de diciembre festividad de Santa Lucía, en la pequeña Iglesia de Santa Elena que está en la plaza del Hoyo,  era la MISA DE  LA SANTA,  donde nos llevaban nuestros padres para que santa Lucía nos guardara la vista.

Hoy Santa lucía es solo una fecha anónima en el calendario caravaqueño. Y… da pena.

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EL CARNAVAL Y LA NOCHE DEL REVENTÓN

EL CARNAVAL Y LA NOCHE DEL REVENTÓN


El carnaval  en Caravaca de la Cruz no ha  sido nunca, que sepamos, una fiesta  principal.

En Caravaca, hace unos cuarenta o cincuenta años,  no era costumbre ni  la comparsa ni la chirigota, desconocemos si en algún otro momento lo fueron o no.  Lo que sí  había eran  como dos carnavales que se celebraban simultáneamente pero en paralelo, sin mezclarse.

Por un lado  el carnaval popular celebrado por el común del vecindario en el cual la gente no se disfrazaba de nada en concreto. Simplemente se “vestían de máscaras o de taparujos”.  Se colocaban ropas viejas y se tapaban la cara con cualquier cosa. A veces se travestían vistiendo los hombres con ropas de mujer y viceversa. Entre los recuerdos de mi niñez permanece la voz impostada de esas máscaras aproximándose a cualquiera y espetándole el clásico “¡A que no me conoces!, sacudiendo a un tiempo una alargada  calabaza seca que portaban y en donde las pepitas sueltas que contenía actuaban como jocoso sonajero.

El carnaval en aquellos años estaba prohibido por el régimen del generalísimo de infausto recuerdo. Pero como Caravaca era entonces un pueblo en el que nos conocíamos todos (lo de Ciudad  Santa vino, gracias a Dios, bastante más tarde), la autoridad hacía la vista gorda y las máscaras invadían las calles. La doméstica policía municipal de entonces, Los llamados “municipales”, entre los que se contaban El ParralaEl Capitan Quincalla, José el Municipal  o Juan El Peruelo, no ejercían ese día como agentes –salvo altercado de por medio. Las máscaras hacían suyas las calles del pueblo y se concentraban  principalmente en las Cuatro Esquinas , en la Esquina de la Muerte, en la  Calle Mayor y en la Plaza del Hoyo. No paraban de bullir y de incordiar con gran algarabía a todo aquel que se les antojara. Como eran tiempos de poca abundancia algunas máscaras salían portando una alcuza y pedían aceite para  elaborar las tortas fritas en la noche del reventón, que era, y sigue siendo, el martes de Carnaval por la Noche.

Por otra parte y en paralelo a este festejo popular,  tenía lugar un carnaval más refinado, celebrado por lo más selecto de la sociedad local. En este carnaval sí se disfrazaban de manera más elaborada, con trajes de época, de piratas, de húsar, de princesa austriaca, de lobo… en fin se disfrazaban de algo concreto. Solían ser disfraces de una cierta distinción. Este carnaval tenía lugar en los salones del Casino y en los del Círculo Mercantil donde se celebraban bailes el domingo, lunes y martes de carnaval y a los que sólo podían asistir aquellos que pertenecieran a familias de una extracción social concreta.

El carnaval se extendía durante el domingo, lunes y martes, siendo el día más fuerte y concurrido el Martes de Carnaval. Al termino de ese día se celebraba LA NOCHE DEL REVENTÓN en donde en cada casa se elaboraban  tortas fritas, con chocolate que se comían hasta no poder más, hasta “reventar”.

Al día siguiente era Miércoles de Ceniza. Ese día se ayunaba rigurosamente y  nuestros padres nos llevaban a los muchachos a la iglesia  a que nos impusieran la ceniza. Todo el mundo salía con la frente cenicienta y con el sonido del “Memento homo, quia pulvis es et in pulverem convertitur”  (recuerda hombre,  que eres polvo y en polvo te convertirás), resonándole como un eco en la cabeza.

Eso se hacía seguramente con la idea de recordarnos lo poco que somos las personas y de hacernos una llamada contra la soberbia y la opulencia.  No sé yo, verdaderamente, si lo entendíamos aquellos niños que éramos entonces. Eso sí, aquello nos parecía muy solemne e íbamos muy serios y repeinados. Y resonaba  en nuestro interior, una vez y otra: pulvis es et in pulverem covertitur,  pulvis es et in pulverem covertitur…,  pulvis es et in pulverem covertitur….

El domingo siguiente, el Domingo de Piñata,  volvían a salir las máscaras por última vez como un epílogo del carnaval que no volvería hasta el año siguiente:  “¡Qué no me conoces!”…

Hoy el carnaval en Caravaca nada se parece al tradicional, hasta se ha cambiado la fecha al sábado anterior al domingo  de Carnaval. Se han impuestos los desfiles, las chirigotas, las comparsas, se ha amoldado en definitiva a los usos que postulan los medios de comunicación de masas. Un carnaval de lo más corriente al uso actual. Es, por otra parte,  lo lógico. Lo que sí se sigue conservando es la NOCHE DEL REVENTÓN, incluso se montan puestos callejeros de venta de TORTAS FRITAS y se consumen esa noche con chocolate en la mayor parte de los hogares caravaqueños. Es el último reducto de nuestro modesto carnaval que en ese refugio se resiste a morir frente a la inclemente presión televisiva unida a la indiferencia colectiva. ¡Que no me conoces!…

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CADA COSA A SU TIEMPO


CADA COSA A SU TIEMPO

Un joven mozo acababa de ponerse novio en un cortijo cercano al suyo. El joven era huérfano y se había criado con su abuelo. Todas las mañanas del verano, el joven y el anciano, iban a trabajar, desde bien temprano, a la huerta. El muchacho iba a ver a la novia por parte de tarde.

Un día dijo a su abuelo: “Mire usted no sé por qué hemos de hacer las cosas siempre igual. Hoy mismo tengo ganas de ir por la mañana a ver a la novia y como tenemos que ir a la huerta pues no puedo. No entiendo esa fijación suya de hace las cosas siempre en un orden preciso”.
“Mira, hijo, te lo voy a explicar: Por la mañana hace más fresco, se trabaja mejor, mas desahogadamente, en la huerta. Con la calor de la tarde es más penoso. ¿No ves que lozanía tiene todo en la huerta por las mañanas?. Luego por la tarde vas a ver  la novia, que hay tiempo para todo.”

Pero, no conforme, el nieto volvió con la misma cancamusa otro día, y otro, y otro…

Hasta que el abuelo quiso darle una lección y le dijo: “Bueno, conforme. Vas a ir a ver  la novia por la mañana y luego por la tarde a trabajar en la huerta. Pero, eso sí, luego tienes que decirme con toda sinceridad como te gustan más las cosas, como tú pretendes o como te las he enseñado yo”. “Estoy Conforme”, replico el nieto.

De manera que al otro día el joven fue a primera hora de la mañana a ver a la novia y por la tarde a la huerta.

Al día siguiente por la mañana, cuando el abuelo se levantó ya estaba el nieto esperándole para ir a la huerta. “¡Odo!, dijo el abuelo,“¿como tan temprano esperando?, dime qué ha pasado, hombre”.

Dijo el nieto: “Abuelo ¡Cuánta razón tenía usted!. Mire, ayer fui por la mañana a ver la novia y yo, acostumbrado a verla tan arregladica y tan guapa por las tardes, la vi con ropas viejas, que iba a echarle a los animales, medio despeinada, malhumorada, en fin: un desastre. Pero es que por la tarde fui a la huerta y, acostumbrado a verlo todo lozano y fresco por las mañanas, me lo encontré por la tarde mustio y arrugado del solanero y encima tuve que trabajar a pleno sol y con una calor que ni en el infierno…”
En fín, abuelo: ”Las cosas están bien como están.”

Esta historia se la cuenta todavía mi suegro, Alfonso Guirado, a sus nietos más jóvenes, como se la contaba a mis hijos siendo niños. “¡cuéntamelo otra vez, abuelo!” y es que mi suegro escenifica la historia de un modo magistral.
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MANOS QUE NO DÁIS, ¿QUÉ ESPERÁIS?

MANOS QUE NO DÁIS, ¿QUÉ ESPERÁIS?

Hace ya años el Tío José “El Veneno”,  del cortijo de la Fuente Benámor, salió hacia Caravaca para acudir a su feria de octubre, tan afamada.

Sobre su mula roma fue pasando por diversos cortijos.
Llegó a la Casica de la Santa y una mujer le dijo “Tío José, ya que va a la Feria de Caravaca tráigame un pito para mi hijo”. “Bueno”, replicó el tío José El Veneno.

Continuó el camino y llegando a El Robledo un vecino le dijo: “Tío José, a ver si me trajera un pito de la feria, para mi muchacho”. “Bueno”, dijo el Tío Veneno.

Fue pasando por varios cortijos más: Por Los Barrancos, El Nevazo de Arriba, El Nevazo de Abajo, etc. En todos sitios se repetía idéntico requerimiento: ”Tío José, ya que va a la Feria de Caravaca tráiganos un pito para nuestros hijos”. A lo que el tío José respondía lacónicamente: “bueno”.

Por último pasó por el Cortijo de la Peña Rubia y salió la labradora y le dijo: “Tío José, tome usted una peseta y tráigame, haga el favor, un pito para mi hijo”. El tío José respondió al punto: “TU HIJO SÍ QUE PITARÁ”. Cogió la peseta y siguió su camino a la Feria de Caravaca.

El de la Peña Rubia fue el único muchacho de la Sierra que recibió su pito cuando José El Veneno. volvió de la Feria.

Cuando estoy escribiendo ésto, me acuerdo de cuando me lo contaba el Tío José del Nevazo, todavía lúcido entonces, y parece que aun lo estoy viendo agazapado detrás de su sonrisa de “intelijencia”, que diría Juan Ramón Jiménez.
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JESUCRISTO Y EL CARRETERO

JESUCRISTO Y EL CARRETERO

En los tiempos en que Jesucristo andaba por el mundo,  iban de camino Él y algunos de sus discípulos.

La tarde anterior había habido una nube muy fuerte que había dejado los caminos intransitables; embarrados, embarrancados y llenos de arrastres.

Iban caminando cuando pasaron junto a un carro que había quedado atrapado en el barro. El carretero, de rodillas junto al carro, oraba al cielo piadosamente: “Señor, ayúdame y sácame el carro. Sácame de este atolladero, Señor….”.

Jesucristo continúo impasible su camino.

Al rato se encontraron con otro carro enterrado en el barro hasta los ejes. El carretero descamisado y completamente cubierto de lodo, sudando como un tito, empujaba corajudamente con todas sus fuerzas al tiempo de arreaba a la bestia: “Arre Morenaaa, ¡Tira que salga el carro…!. Me cago en la púa del almanaque que debajo está todo el santoral”.

Así un vez y otra, incansablemente, trataba de sacar el carro con todas sus fuerzas: “¡Aaaaarre Morenaaaa!, ¡Tiiiiira ! ¡ que me cago en toda la corte celestial!.

Dijo Jesucristo a los apóstoles que le acompañaban: “Ale, vamos a ayudar a este hombre a sacar el carro”. Y así lo hicieron. El hombre deshecho en sudor y reventado por el esfuerzo no sabía como agradecérselo, “¡que Dios les bendiga!”, y se deshacía en gratitudes.

Jesucristo y los discípulos continuaron caminando y cuando ya, pasado un buen rato, estaban alejados del carretero San Pedro dirigiéndose a Jesucristo le dijo: “Señor, hemos estado hablando sobre lo ocurrido y no lo comprendemos. El primer carretero te pedía devotamente que lo socorrieras y no hicimos nada. Al segundo que no paraba de blasfemar, sin embargo le hemos ayudado. ¿Nos lo puedes explicar?”.

“Mira Pedro”, dijo Jesucristo,” El segundo, aunque en su desesperación blasfemara, empujaba todo lo que podía Y hacía todo cuanto estaba en su mano. Pero es que el primero no hacía ningún esfuerzo de su parte, ¡quería que lo hiciera yo todo….!”.

Esta historia la contaba mi abuelo Ángel Vila Llinares, aprendida de su padre Bernardo Vila Martínez que fue arriero y carretero toda su vida
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LAS CUENTAS DEL MAYORDOMO DE LAS ÁNIMAS

LAS CUENTAS DEL MAYORDOMO DE LAS ÁNIMAS

      En Caravaca, acabándose las Pascuas (Navidad) y pasada la fecha de Candelero (2 de febrero), el Mayordomo de las Ánimas debía, según costumbre, rendir ante el cura cuentas de lo recaudado en las pedimentas efectuadas por los animeros desde el día de los Santos en que empezaba oficialmente la colecta de Ánimas.
El tiempo pasaba y el mayordomo no acudía a entregar las cuentas. Siendo así, el cura le mandó razón con el sacristán. Este, llegando a la casa del mayordomo le dijo: “fulano, que dice el Sr. Cura que esta tarde, a tal hora, te espera en la sacristía para que le entregues las cuentas de la recaudación de las Ánimas”. “Allí estaré”, dijo el Animero.

Y así fue. En lugar y hora en que fue convocado, puntualmente, acudió el Mayordomo de las Ánimas a ver al cura.

– “buenas”, dijo el cura.

– “Buenas, nos las dé Dios”, dijo el Mayordomo.
Usted dirá, que me ha mandado razón con el sacristán”.

– “Sí hombre”, dijo el cura, “que digo yo que ya va siendo hora de que entregues las cuentas de las Ánimas

– “¡Ah!, ¿que es eso…?,  pues las cuentas están claras como el agua“.

¿Sí? Pues, a ver: ¿Cuánto se ha recaudado?

Exactamente lo que se ha gastado.

¿Sí? Y… ¿Cuánto se ha gastado?

Justamente lo que se ha recaudado.

A lo que el cura replicó: “Vaya hombre, en todo el tiempo que llevo en la Vicaría no me han entregado unas cuentas tan cabales. ¡Ni faltar ni sobrar una perra!”.

Y esas fueron, ese año, las cuentas de las Ánimas. Claro, al año siguiente el cura nombró otro mayordomo menos “exacto”.

Esta historia me la contó Juan Gamboa en el año 1976, en una de las meriendas que hacíamos los animeros de Caravaca todos los sábados en el desaparecido Bar de Paco, en la calle de la Lonja. Donde, también cada sábado, tocábamos para que el personal bailara “el suelto” y “el agarrao”. Fijaros si hace años y no se me va de la cabeza que el mayordomo ”exacto”, aunque nunca lo dijo, era él mismo.
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EL BOTIJO QUE NO FUE

EL BOTIJO QUE NO FUE

Aconteció lo que voy a relatar en la aldea de Benablón, en Término de Caravaca, y para no ofender memorias de nadie no citaré nombres, aunque los sé.

Ha sido costumbre en el campo; y lo sigue siendo, pero menos; el dedicar el lunes a hacer el mercado en Caravaca.
De esta manera, un hombre paró a tomar café aquella mañana en la taberna de “El Gato” antes de emprender marcha hacia Caravaca. Estando tomando café llegó un segundo y dirigiéndose al primero le dijo: “Ya que vas al mercado de Caravaca haz el favor de traerme un botijo, por lo que valga”. “Conforme”, replico el otro.

Hizo el mercado, compró todo cuanto le hacía falta y emprendió el camino de retorno hacia Benablón. Yendo de camino recordó: “¡anda!, he olvidado comprar el botijo a fulano”. Pensó: “Bueno, le diré que lo traía pero que se me ha caído y se me ha roto”.

Cuando llegó a Benablón, el otro lo estaba esperando en la puerta del Bar y le preguntó: -“¿Qué…, y mi botijo?”.
– “Mira –replicó el primero- lo traía pero al pasar por el vado del río, en el Martinete, dio la bestia un vagueo y el jarro fue al suelo y se hizo pedazos”.
El otro dijo: “¡ANDA QUE SI TE LO LLEGO A PAGAR!
A lo que respondió el primero: “¡ANDA QUE SI TE LO LLEGO A TAER!….

A Pascual, el comunista rural que me contó esta historia hace ya muchos años. Como casi todo ya hace bastantes años. En el recuerdo…
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SOBRE ROGATIVAS Y LA FE DEL CLERO

SOBRE ROGATIVAS Y LA FE DEL CLERO

        Existía la creencia en la sociedad de hace unos lustros de que determinados rituales eran propiciatorios para atraer la lluvia.

       Esto tenía una importancia decisiva puesto que en nuestra tierra con frecuencia se padecen sequías inquietantes.   Ahora, estas sequías, forman parte del anecdotario estadístico o mediático. Pero entonces, en medio de una sociedad campesina, donde el término “rural” aun tenía su significado mas allá de una marca turística, presentaba connotaciones muchas veces dramáticas.

Tan dramáticas en ocasiones, según me contaba Juan Gamboa, que él recordaba épocas en que por falta de lluvia se habían tenido que abandonar muchísimos cortijos del Campo de la Puebla de D. Fadrique durante dilatados periodos de tiempo.

Uno de esos ritos propiciatorios de la lluvia eran LAS ROGATIVAS, en las que se sacaban en procesión determinadas imágenes y existía la creencia que eso provocaría la ansiada lluvia.

      En determinada aldea del Campo de Caravaca se venía sufriendo ya una prolongada sequía. Todo estaba traspillado. El otoño avanzaba y la lluvia ni se barruntaba. Se aproximaba la época de siembra y el campo permanecía seco como un escarzo, o como un cascabillo, es igual.

      Algunos hombres reunidos en la puerta de la iglesia debatían sobre la conveniencia o no de sacar a la virgen en rogativa. El cura que se hallaba próximo, escuchando la conversación dijo: “Vosotros podéis sacar a la Virgen si queréis, pero el tiempo para llover no está”.

Domingo Martínez “Domingón” me contó esta historia hacía 1978, hace  ya muchos años, una de las veces que fuimos  los Animeros de Caravaca a Pedro Andrés a echar una música con Julián el Molinero,  uno de los mejores laudistas que hemos conocido. Que en paz descansen los dos. Para mí, a estas alturas de mi vida, casi todo son evocaciones ya.
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