LA MONTAÑA DE TUDMIR. Ramón Martínez Girón

LA MONTAÑA DE TUDMIR           Ramón Martínez Girón

Pinchando el enlace de mas abajo, se accede a este interesantísimo artículo publicado en el año 1988 en  el número 6 de la revista Gazeta de Antropología. Esta revista la edita  la Universidad de Granada.

El Autor, Ramón Martínez Girón, identifica un territorio que tiene una gran unidad etnográfica, situado a caballo entre las provincias de Albacete, Almería, Granada, Jaén y Murcia. Ese terriorio,  él lo denomina LA MONTAÑA DE TUDMIR

LA MONTAÑA DE TUDMIR. Ramon Martinez Giron

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EL CAMPO SIN CAMPESINOS

EL CAMPO SIN CAMPESINOS O LO RURAL COMO CONCEPTO (una primera y provisional aproximación)

“Cada pueblo cantaba sus tonadas desde lo antiguo; y a la madrugada de los sábados sacaban la imagen de la divina Aurora llevándola de portal en portal, entre viejos fanales, y rondallas de  labradores con clarinetes de picos de avestruz, adufes como cedazos, guitarras de ciego, y bombos de feria, todo junto de un sonido pastoril; y, de repente, callaba, y se abrían las gargantas, como si cantasen los campos, los montes y los caminos:


A la Aurora tenéis a la puerta

pidiendo limosna, si le queréis dar;

para hacer una ermita a su hijo,

que no tiene casa ni donde habitar”

(Gabriel Miró. Años y Leguas, 1928)

John Berger en su libro Puerca Tierra (1979) vaticinaba que en 25 años no quedarían campesinos en Europa occidental y qué cierto resulto ese vaticinio. “La agricultura no requiere necesariamente la existencia de campesinos.(…) Los planificadores económicos de la CEE  prevén la eliminación sistemática del campesinado para final del siglo XX, Por razones de orden político no utilizan la palabra eliminación sino el término modernización. La presión económica, imprescindible para el desarrollo de este plan, la proporciona la caída del valor en el mercado de los productos agrícolas.  Un campesino intacto era la única clase social con una resistencia interna hacia el consumismo. Desintegrando las sociedades campesinas se amplía el mercado. Nadie en su sano juicio puede defender la conservación y mantenimiento del modo de vida tradicional del campesinado. El hacerlo equivaldría a decir que los campesinos deben seguir siendo explotados y que deben de seguir llevando unas vidas en las cuales el peso del trabajo físico es a menudo devastador y siempre opresivo (…). Sin embargo, despachar la experiencia campesina como algo que pertenece al pasado y es irrelevante para la vida moderna (…) es negar el valor de demasiada historia y de demasiadas vidas. El papel histórico del capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que está a punto de ocurrir. Por eso el capital, para expandir la práctica del consumismo,  ha prestado su lógica para la categorización como atrasados (es decir, portadores del estigma y la vergüenza del pasado) de aquellos a quienes el propio sistema se encarga de empobrecer”.

Como grotesca paradoja resulta que hoy, cuando nuestro ejemplar modelo económico ha acabado con la sociedad rural y su mundo, se postula el “Turismo Rural”, más como marca o referencia comercial que como significado. Cuando el hombre ha dejado de formar parte del paisaje y de integrarse en la áspera naturaleza del campo español, se produce un movimiento –recurrente por otra parte- de retorno a lo perdido:

– Así, han quedado pueblos abandonados en donde algunas gentes de ciudad, las más románticas, ven el rescoldo de una supuesta vida bucólica que nunca lo fue para sus originarios habitantes. Cuando no, esos pueblos son adquiridos por empresas especuladoras para convertirlos en “parques temáticos rurales” y de ocio para los habitantes de las ciudades y así cumplir con la obligación extenuadora del turismo.

– Por otro lado, se multiplican los intentos de rescatar manifestaciones diversas de aquella sociedad preterida, que se debaten entre el costumbrismo ramplón y el folclorismo.

En definitiva, lo rural como realidad ha desaparecido, sólo se mantiene como concepto. Se ha producido una burda inserción de lo urbano en lo rural.Los campos van trocándose en afueras. Los cables de una central eléctrica traspasan el cielo de un olivar de plata. En un confín suben las antenas de una estación radiotelegráfica. Sirven de vallado de una josa en flor los anuncios de una marca de conservas, de abonos químicos, de academias preparatorias, con la dirección de la calle y el número del teléfono” (Gabriel Miró. Op.cit.)

La deshumnización progresiva de la sociedad y la agresión a la naturaleza son resultado, ambos, de una misma actitud: la entronización de las cosas. Pero el hombre, nos guste o no, tiene sus raices en la naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia. Dice con razón Miguel Delibes: “La destrucción de la naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste” (Miguel Delibes. Un mundo que agoniza. 1975)

 

La sociedad rural española quedó sepultada durante la segunda mitad del siglo XX, en una larga agonía a los pies de un nuevo modelo económico, social y ético hoy imperante e incontestado casi ecuménicamente, pese a los desgarros sociales que esta última crisis está produciendo. En ese desarbolamiento de lo rural, sucumbieron sus valores, sus creencias, sus costumbres, sus mitos, sus modos de vida, sus formas de relación social, sus fiestas, su estética, etc. En fin, murió toda una cosmogonía. No juzgo si para bien o para mal. Quedó un ámbito agrario sin campesinos, con agricultores sí, pero sin campesinos.


Los que fuimos testigos de aquella despiadada  transformación de nuestrospueblos,   experimentamos en aquel tiempo el desamparo de una certidumbre que se nos desvanecía, pero no nos importaba, entonces, porque coincidió con nuestra adolescencia, etapa en la vida de las personas en la que se valora sobremanera el cambio y el advenimiento de nuevas realidades que rompieran con el monótono  pasado. En la novedad estaba el gusto. Luego hemos ido descubriendo que la nueva realidad emergente y urbana era impostora. Nos privó de nuestros recuerdos, destruyó nuestros paisajes, el carácter y la imagen misma de nuestros pueblos. Surgieron o bien el pueblo desierto, o bien  la  ciudadita impersonal sin grandeza ni referencias de ninguna especie, donde la  vulgaridad urbanística desenfrenada de los nuevos trazados  y horrendas  edificaciones construidos a ritmo frenético, iba pareja a la vulgaridad de los nuevos pobladores alóctonos que han ido ocupando los cargos de responsabilidad y han llenado nuestros pueblos de Avenidas Juan Carlos I, calles Rafael Alberti o Parques de la Constitución, por ejemplo. Han hecho  que pululen “efemérides” vacías como los Día de la Región Tal o Cual con vehemente exaltación institucional del cazurrismo autóctono. En donde, detrás del  enunciado, existe exactamente nada. Igual que ocurre en las cabezas de sus promotores políticos. Hemos sustituido a sabios, aunque fueran  analfabetos, por ignorantes desaprensivos, aunque sepan  física cuántica (que tampoco  saben). Esos nuevos mandamases locales convenientemente urbanizados, que tanto abundan hoy,  son todo un alarde de insensibilidad y mal gusto, por no decir de la incultura más depurada, desvergonzada e inconsciente.


Antonio Muñoz Molina el extraordinario escritor y digno académico,  expresa el desgarro con el que hemos asistido los de nuestra generación a esa agresión y lo hace de una manera conmovedora y magistral:

“Ya no soy quien fui, y por eso puedo hablar de mí mismo en tercera persona, pero aun siendo otro he cambiado mucho menos, para mi fortuna o mi desgracia, que la realidad exterior.

Casi todas la huertas están abandonadas: No fui yo el único de mi  generación que renegó de la tierra. Las tapias se han desmoronado y la maleza borra las acequias.

Entramos en la ciudad que siempre tarda en parecerse a mis recuerdos. (…) He paseado por ella (…) y me parecía que estaba en otra ciudad, no conocía las calles (…) sólo he encontrado urbanizaciones sin aceras, garajes, talleres de coches, incluso whisquerías de nombres invitadores y dotados de genitivo sajón, una fealdad definitiva y monótona de extrarradio, de bar de carretera, una infamia de solares estériles donde no quedan rastros de las hileras de olmos que yo recordaba, de chales desaforados en mitad de un desierto y de muladares  industriales y broncos cocherones de ladrillo con tejados de Uralita..(…).

La plaza es mucho más pequeña desde que cortaron los árboles y empezaron a aparcar coches en ella. Ahora el suelo es de cemento y no de tierra apisonada y han desaparecido las aceras con bordillos de piedra.. (…) Han cortado los castaños de indias, qué saña con los árboles. (…) Las calles parecen más anchas porque están asfaltadas y no queda ni una sola de las moreras que nos abastecían en mayo de hojas tiernas para los gusanos de seda.

Las calles y la plaza vacías, tan desoladas en el gris de las mañanas de invierno desde que cortaron los árboles. (…) Las rosaledas y los macizos de arrayán entre los que paseaban en las mañanas de domingo las parejas de novios han sido devastados y al caminar crujen bajo los pies cristales rotos de botellas de cerveza y agujas hipodérmicas machacadas.(…)

Todo desvela sin engaño la magnitud de las injurias que han desfigurado esta ciudad que yo supuse inalterable. (…)

Esta  barbarie que ha venido creciendo como un tumor sin que yo supiera o quisiera advertirlo es mi ciudad y mi pais”
(Antonio Muñoz Molina. El jinete polaco. 1991)

Murió el espíritu de aquel mundo. Pero quedaron sin embargo sus  manifestaciones materiales: Arquitectura, aperos, herramientas, útiles, etc.; o  inmateriales: Música, cuentos, refranes, romances, juegos, etc. Pero todo ello  huérfano de la sociedad que lo generó y sustentó. Un cascarón hueco sobre el  que  planean especuladores, negociantes y románticos con percepciones e  intereses muchas veces divergentes y frecuentemente enfrentados.


Entre los románticos están, entre otros, muchos de los organizadores de los llamados encuentros de Cuadrillas, de Rondas, de Pandas de verdiales, etc. Como puedan ser la Fiesta de las Cuadrillas de Barranda, Vélez Rubio, “La Chicharra” de Motilleja,  la “Jalabardá” de Chinchilla, El “Peropalo” de la  Vera, la”Ronda de los Redondeles” en Albacete y otros más.

Muchos de esos encuentros recurren a la idea de actualizar el escenario donde tienen lugar las músicas y bailes tradicionales. Los bailes tradicionales como tales han desaparecido como forma de relación social y hay que  sustituirlos por otro tipo de convocatoria si queremos mantener las músicas y danzas tradicionales. Desde la modernidad más actual y desenfrenada se busca implícitamente una nueva lectura superadora de aquel pasado campesino.

En muchos de estos encuentros, se actualizan sin recato ni complejos, viejos modos de diversión que resultan vigentes y poderosos. Se comparten acervos de distintos lugares. Y, sobre todo, compartimos sensibilidades parecidas en torno a este creciente fenómeno que Julio Guillén Navarro, ese vianesco de trato tan sencillo como bien amueblada cabeza, llama el revival; muy acertadamente a mi modo de ver.

Los elementos: Música callejera, baile, transgresión, expectativas (sexuales o no), comida y bebida compartidas, fraternidad, etc. son, en fin, los de una  fiesta popular. “La rondalla siguió con la energía con que suelen tocar los campesinos de manos rudas y corazón caliente. Cuando creyeron que habían tocado bastante, fueron entrando . Formaron grupo y estuvieron bebiendo y charlando. Después pasaron todos a comer” (Ramón J. Sender. Requiem por un campesino español, 1950)

Autenticidades nadie las busca ni las juzga,  quizás no hagan falta siquiera  y para divertirse, menos. Pero no hay que olvidar que, como dice dice Manuel Leguineche,  el hombre no es nada sin referencias de su pasado, sin la memoria,  y eso tampoco estorba para divertirse.

Juan Vila

 

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COMALA

COMALA

Artículo publicado en la revista editada con motivo del XXV aniversario de la Fiesta de las Cuadrillas de Barranda. 2003



  Habíamos asistido a la agonía de nuestros pueblos. Nuestras gentes estaban sirviendo de pasto al desarrollo económico de los años 60 y principos de los 70, abandonando sus casas, sus familias, sus vecinos, sus modos de vida… . Se iban de peones a Badalona o a Alemania, de operarios sin cualificación a Hospitalet, de porteros a Alicante o de camareros a Benidorm o a”Palmas”. En el resto de la España rural pasaba lo mismo.
 Era algo así como lo que describe Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo: ‘Recuerdo días en que Comala se llenó de “adioses” y hasta nos parecía cosa alegre ir a despedir a los que se iban. Y es que se iban con intenciones de volver. Nos dejaban encargadas sus cosas y su familia. Luego algunos mandaban por la familia aunque no por sus  cosas’.
 
 


 Sucumbió una sociedad completa, una manera antigua de entender el mundo. Lo hizo además de una manera vergonzante. Nadie quería entonces ser de pueblo, era como un estigma.  Avergonzaba manifestar las señas de identidad de los pueblos. Por el contrario, lo avanzado era comprar sofás de “skay”, malchapurrear canciones en inglés-discoteca, llevar camisas horteras y sustituir los viejos muebles de la cocina por otros nuevos de formica. Las hijas de aquellos primeros que se fueron empezaban a venir de vacaciones en verano y nos enamoraban a muchos del pueblo.

No hago estas consideraciones desde la nostalgia. Aquel mundo rural tenía unas características sociales casi feudales, pero tenía al mismo tiempo una veracidad honda y una dignidad ejemplar en su sofocado sojuzgamiento.


Hacia fines de los 70 Jesús de Galera, de maestro en Barranda, pensó que era llegada la hora de dignificar el legado de la sociedad rural que acababa de fallecer sacrificada al implacable desarrollo industrial y urbano. Los animeros de Caravaca ya estábamos tambien  en esa idea. Se inventó entonces el “Festival Comarcal de Musica de Cuerda”. De eso hace ahora 25 años. Hoy es la Fiesta de Las Cuadrillas de Barranda. Los Animeros de Caravaca tuvimos la suerte de estar allí desde entonces. Gracias por seguir invitándonos.



 El valór simbólico, lo que algo representa para un colectivo humano, es muchas veces más importante que lo que la cosa en sí es materialmente. Por eso hago desde aquí un llamado para que no olvidemos los origenes, el simbolismo de la Fiesta de las Cuadrillas de Barranda, el significado hondo de esa Fiesta que es justamente lo que la dignifica, huyendo de ‘folclorismos’ fáciles al uso común en estos tiempos de planitud y yanquipestilencia, en palabras del escritor Miguel Sánchez Robles.

Caravaca de la Cruz, enero 2003

Juan Montiel Vila
HERMANDAD DE ÁNIMAS DE CARAVACA

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SEGURA

SEGURA

“Cuando se quiere someter a un pueblo, primero se le borra su historia y luego, se le escribe otra.”    Milan Kundera

Mi abuela Esperanza Ríos González, que, curiosa y casualmente llevaba los mismos apellidos que El Pernales, regentó en Caravaca la Posada de la Compañía, entre 1925 y 1972. Quizás algunos de los más ancianos de los pueblos de la Sierra de Segura recuerden todavía aquella posada. Yo la conocí ya en sus últimos tiempos. Recuerdo que aún llegaban gentes con carros y bestias: Adolfo y Felipe de El Moralejo, Juan Navarro de la Fuente de la Sabina (Letur), Juan Bojines de Nerpio, Los Pañeros de La Encarnación con sus enormes mulas, José de  Almaciles, Felipe Molina Fuentes de Pontones, Margarita Alguacil y Francisco Bravo Morcillo de Santiago de la Espada y los Palomares y los Blázquez, comerciantes, tambien de Santiago y otros muchos que no recuerdo dada mi corta edad entonces.

A la Posada de la Compañía, acudían gentes de Pontones, de Santiago de la Espada, de La Matea, de Jutia, de Góntar, de Nerpio, de Turrilla, de Cañada de la Cruz, de Almaciles, de la Puebla de D. Fadrique, de Huéscar,  de Topares, de los Royos,  de Benizar, de Socovos, de Yeste, de El Sabinar, del Campo de San Juan, de Inazares, de Elchecico (luego descubrí que se llamaba Elche de la Sierra), etc. Aquellos lugares constituían  mi universo infantil, mi particular geografía iniciática.

No recuerdo que se hospedara nunca nadie de Murcia o del Levante, salvo unos vendedores de arrope que venían de Enguera (Valencia) o un comprador de pieles y cera que venía de Mislata, también de Valencia. En todo caso, de Murcia nunca venían huéspedes. Con el tiempo me preguntaba yo el porqué de esa ausencia total de intercambios humanos con Murcia. Mi extrañeza estaba justificada porque ya estudiábamos en la escuela que Caravaca pertenecía a la Provincia de Murcia. ¿Que cosa más rara?, me decía yo, que no venga ningún murciano ¿cómo serían los murcianos, que yo no los había visto nunca?

Cuando se dispuso, en 1962,  que ya me correspodía tomar la primera comunión, quiso mi madre, para estar a la última, vestirme de marinero. En Caravaca la comunión se había hecho hasta entonces con un trajecico gris o azul marino que sirviera para la ceremonia y… para después. Pero en fin, con la moda de principios de los 60,  mi madre decidió disfrazarme de marinero y allí que vamos mi padre, mi madre y yo camino de Murcia montados en un tren ferrobús. Entonces había ferrocarril en Caravaca. Ese viaje fue para mí todo un descubrimiento.Vi, por primera vez, el esplendor de los naranjos y limoneros, hasta entonces totalmente desconocidos. Eran unos frutales oníricos, fantásticos, para nada tenían apariencia de reales.  Descubrí otros colores, otros olores,  sentí lo que era el calor sofocante de la vega de Murcia, el azacanamiento de la ciudad. Me veía de repente en otro mundo totalmente ajeno al entorno en el que me había criado. Murcia era verdaderamente otro mundo, nada que ver con Caravaca.  No habían en Murcia, pensaba yo, ni leyendas de lobos, ni de almas en pena, ni de encantadas de larga mata de pelo, ni historias de bandoleros sanguinarios como Juan Manuel que se contaban en Caravaca al amor de la lumbre, ni leyendas de aparecimientos como la de la Santa Cruz en Caravaca o la de Jesucristo en Moratalla. En fin, Murcia para mi resultó ser tan exótica como la Polinesia. Era otro sitio, otro mundo completamente diferente a Caravaca, tanto en lo físico, en el paisaje, como en el alma que la alimentaba.  Sentí a Murcia tan ajena como a Birmania, por ejemplo.

Andando el tiempo comprendí las razones: Caravaca ha estado vinculada a la Sierra de Segura más de quinientos años. Y, aunque en 1874 se completara su incorporación a las instituciones de la Provincia de Murcia, Caravaca aun mantenía con fuerza, a finales del siglo XX su identidad y sus relaciones seculares con la Sierra de Segura.

Con el último advenimiento democrático, la cosa esta de las autonomías exacerbó o,  más exactamente, hizo que se inventara  una inexistente regionalidad. Con eso ya se consagraba la arbitraria división provincial de Javier de Burgos, pues, por criterio de prudencia, no se quiso entrar en modificar las divisiones provinciales, en evitación de un conflicto territorial en las vascongadas y Navarra. De esta manera la Sierra de Segura, unidad geográfica, territorial y administrativa donde las haya y con más de 500 años de existencia,  fue condenada a permanecer fraccionada entre las provincias de Jaén, Albacete y Murcia. Así hasta hoy.

Conviene tener presente que La Sierra de Segura constituyó desde el siglo XIII  y hasta entrado ya el siglo XIX, una unidad territorial dentro del Reino de Murcia, bajo la administración castellana de la Orden de Santiago.  Las Vicarías de Segura de la Sierra (hoy en Jaén), de Yeste (hoy en Albacete) y de Caravaca (hoy en Murcia) integraron la Demarcación Santiaguista de Segura. Quinientos años de historia común forzosamente han dejado su huella en todos los pueblos de la Sierra. Incluso la Jurisdicción eclesiástica era ejercida desde Uclés (Cuenca) y no  desde el Obispado de Cartagena-Murcia al que es incorporado forzosamente desde 1874, después de un “cisma” que duró cinco años. Hacemos notar  en este punto que tampoco es casual que la tradición fije el origen de Chirinos en Navalón (Cuenca) y que también la tradición nos hable de que los ornamentos litúrgicos de la misa en la que tuvo lugar el aparecimiento de la Cruz, también fueron traídos de Cuenca. La vinculación de Caravaca con Castilla es secular.

Esta circunstancia inevitablemente ha de notarse. Salvando las naturales diferencias de unos pueblos respecto de otros, todo es muy parecido ente las localidades de Segura, desde la tipología constructiva tradicional, las comidas, las costumbres, el habla, los refranes, las coplas, los oficios pecuarios, la música tradicional, etc. No somos clónicos idénticos, que nadie se alarme. No obstante, todo sigue siendo de lo más parecido entre nuestros pueblos, pese a los intentos normalizadores, lógicos por otra parte, de las distintas regiones que pretenden a toda costa mancheguizarnos, murcianizarnos o hacernos andaluces, según de qué parte de la arbitraria raya administrativa hayamos caído.

Con mi incorporación a los Animeros de Caravaca, a mediados de los años 70 descubrí que nuestra música tradicional podíamos interpretarla sin dificultad con gentes de Nerpio, Yeste, Santiago de la Espada o Segura de la Sierra, pero no  con gentes de Bullas, a sólo 20 kilómetros de Caravaca, por ejemplo. Con los de Yeste,  Nerpio, Moratalla o Santiago de la Espada, tocamos encantados y percibimos una afinidad y un afecto recíproco, como los que sienten  aquellos que se encuentran, tras mucho tiempo, con un familiar largamente ausente. El repertorio, la organología, las afinaciones instrumentales, las armonías, los fraseos melódicos, etc. de las músicas de todos estos sitios son enormemente parecidos a los de Caravaca, o viceversa.

Por eso, desde ninguna localidad segureña, ni desde Caravaca, ni desde Segura de la  Sierra,  ni desde Yeste, entre otros,  podemos mirar a la Sierra de Segura como algo pequeño y de cada uno de nuestros pueblos solamente. Debemos mirarla como algo grande, como algo
que nos une a los de cualquier lado de los artificiales  límites provinciales o autonómicos con los del otro lado
. Segura trasciende esa visión localista de cortos vuelos. Por eso nosotros, los de Caravaca (los pocos que aún vamos quedando),  no nos sentimos extraños, cuando vamos a Yeste, a Nerpio, a Letur, a Santiago, a Socovos, a Pontones…. Sentimos que estamos, de alguna manera, en nuestra tierra, con nuestra gente y confiamos en que ocurra igual a la recíproca.

Cuando los pueblos olvidan su pasado padecen de Alzheimer social y, como dijo aquel: Nadie vive una vida para olvidarla luego. Ningún pueblo recorrió su historia para no saber qué es y donde está.  Aunque…, bien mirado,  a fuerza de televisión, de catetismo autonómico y de la planitud intelectual imperante, todo puede pasar.

Juan Montiel Vila, es miembro de los Animeros de Caravaca
de la Cruz
, y algo mayor ya.

Artículo publicado en el periódico Gritos de la Sierra, de Yeste.

Marzo 2009

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